Mañana vuelvo a casa. Escribo desde la cama donde he dormido los últimos 89 días. Una cama grande, cómoda, caliente. Una cama que, la mayor parte de este tiempo, he compartido, y que los últimos 9 días he disfrutado en soledad.

Estos tres meses han sido una experiencia perfecta gracias, sobre todo, a dos mujeres: Estela y Marisol. Además, he tenido la suerte de haber coincidido con el otoño, una época del año mágica en Nueva York. La luz, las hojas de los árboles, las plazas llenas de gente... mi primera obra maestra la rodaré en Madison Square Park, en otoño. O en Bronx, para que tenga más emoción.

Tres meses es muy poco tiempo. Dejar lo que tienes en casa para irte a una ciudad desconocida y comenzar de cero, supone un cambio y un esfuerzo suficientemente grande como para que la estancia fuera más larga. Al menos 6 meses, 1 año...

El primer mes todo es nuevo, aprendes a moverte, te sorprendes con todo, adquieres rutinas, vas poniendo nombre y cara a las personas que ocupan cada escritorio. El segundo mes te sientes cómodo. El tercer mes disfrutas. Y cuando quieres darte cuenta, llega la noche previa al viaje de vuelta.

Sin embargo, tres meses es suficiente tiempo para muchas cosas.

Tres meses es suficiente tiempo para desmitificar Nueva York. Para dejar de lado los prejuicios, y olvidarte de aquella gran mentira de que "los americanos van un paso por delante". Porque en Manhattan nada funciona. El transporte público es lamentable, la basura se amontona en las calles, la lluvia colapsa la ciudad. Profesionalmente, son tan brillantes o mediocres, tan vagos o trabajadores, como podamos serlo en España.

Tres meses es suficiente tiempo para sentirte "newyorker". Porque la ciudad te acoge. No importa de donde seas o que lengua hables: precisamente porque casi nadie es de Nueva York, todo el mundo es "newyorker". Este gran tópico es cierto, y me lo comentó el portero de mi oficina, un "dominican-newyorker": "¿lleva má de dó día en Manhattan? ¡Entonce ere de New York, mi helmano!".

Tres meses es suficiente para flipar con música en pequeños bares, asistir a fiestas en Manhattan, un musical y un talk show de la ABC, visitar Boston y California, comer comida de medio mundo, perderme en Harlem, hacer un blog de fotografías, comprar libros baratos y jamón serrano caro, echar de menos a la familia... y sentir mucha tristeza cuando despegue el avión.

Sin embargo, como me dijo el otro día Anika, "uno no se va del todo de los sitios en que ha sido feliz".

Adios NY. Hola amigos.