Cuando uno tiene unas vacaciones tan breves, creo que las disfruta más. Llegan de forma algo inesperada, casi sin prepararlas, pero suponen una ruptura con la rutina que sabe mejor que el pan con tomate.

Ya he vuelto de mi pequeño viaje a la tierra de Cata, y vengo con el buen sabor de boca que me dejó la fiesta de La Invasión Vikinga de Redes. Estoy harto de las fiestas en las que todo son toros, procesiones y salvajadas. En Río Castro vivimos un ambiente espectacular: mar, comida, bebida, disfraces, charanga y, sobre todo, buen rollo. Buen rollo entre dos pueblos vecinos, que han descubierto que no hay mejor forma de pasarlo bien que viviendo sus fiestas en común. Se enfundan la camiseta y los cuernos vikingos, apañan embarcaciones para ir de una playa a otra, y se invaden los unos a los otros cargados de humor.

Esta fiesta triunfa porque surge de una gran idea, ajena a lo convencional. Y triunfa porque se basa en la participación. No en un trabajo colectivo forzado, sino en la participación espontánea. Moraleja: no convezcas a la gente para colaborar en tus proyectos, implícalos en proyectos comunes, atractivos, divertidos.

Por cierto, dejé el ordenador en casa. Gran decisión. Ahora, vuelta al calor, a las agendas, a los emails, las redes sociales, al autobús y el Photochóp. No se vive tan mal en Madrid.